Dignidad de la persona

E D I T O R I A L

Dialoguemos sobre la dignidad de la persona

Estamos sujetos a una época científico-técnica donde la persona, los grupos, instituciones, naciones y culturas se miden por su eficacia instrumentalizada, se van relativizando los valores, el ámbito social, ético y jurídico: todo es moralmente lícito, si se es eficaz acumulando poder, riqueza y el disfrute, no importando el precio que se tenga que pagar, así sea perdiendo el valor de la dignidad de la persona, el fin justifica los medios.

Los adelantos en la investigación científico-médica, son de gran ayuda, pero también se pueden manipular genéticamente o con la fertilización in vitro, considerando al ser humano, al paciente, como una cosa o un objeto, un instrumento o medio para el beneficio de la investigación científica, en miras del progreso de la humanidad y la medicina, un tercer holocausto de nuestros días.

Es necesario siempre tener una explicación de lo que es la persona humana, partiendo de su naturaleza, aspectos cualitativos, origen, meta final, dimensión social, es decir, fundamentando un verdadero humanismo integral y ontológico (unidad sustancial cuerpo-espíritu), que posee una gran trascendencia en la práctica. Y no sólo haciendo una reducción postmoderna de la dignidad en la racionalidad y a la autonomía de su libertad.

Un pensador dialoga, participa en su sociedad y en su época, con una formación arraigada en valores y humanidad, con un sentido común sensible a los acontecimientos de nuestros tiempos. Describiendo a la persona como principio y como término, sujeto y objeto de amor, Tomás Melendo.


“Aborto sí, Iglesia no”

EDUARDO JÁCOME BARRADAS

“Aborto sí, Iglesia no” es el lema usado por varios sectores de nuestra sociedad, pero ¿qué tiene de fondo? Sin lugar a dudas refleja la concepción y la reacción a instituciones que marcan un estilo de vida moral, como lo es la Iglesia. Me pregunto ahora, si los que marcharan en las calles a favor de la vida fueran otros grupos religiosos, ¿se tendría la misma reacción?

Hace algunos días, en Argentina se dio un paso en favor del aborto, en nuestro país muchas voces piden que se deje de estigmatizar este tema, en nuestras propias escuelas, casas, círculos sociales, hablar de esto es un gran riesgo. Ante esta imagen tan variada podemos pensar: si la Iglesia defiende la vida, que lo demuestre, que explique su punto de vista… pues estimado lector, en este texto pretendo llevarte a uno de los escritos importantes del siglo XX sobre el tema de la vida y la sexualidad: la Evangelium Vitae.

El 25 de marzo de 1995, Juan Pablo II se dio a la tarea de mandar una “carta personal” a todos los obispos pidiéndoles su opinión sobre un tema que estaba surgiendo pero que era necesario tratar por las consecuencias de sus planteamientos: la vida, su defensa desde la concepción hasta la muerte. Cabe mencionar que Pablo VI en 1968 publicó la famosa Humanae Vitae (sobre los métodos anticonceptivos) siendo pionero en este tema. Después de sopesar todas las opiniones, el papa Juan Pablo II escribe esta encíclica titulándola El evangelio de la vida.

La encíclica consta de una introducción con los siguientes capítulos: una amplia enumeración de las actuales amenazas que sufre la vida, reflexión bíblica sobre el valor de la vida humana, a la luz del mandato bíblico “no matarás” enjuicia el aborto, la eutanasia, las técnicas de reproducción asistida y hace una llamada insistente a que se inicie una cultura nueva que proclame la grandeza de la vida humana. Se concluye con una meditación sobre María, que ha dado a luz al Autor de la vida.

Este texto no creas que es una puntada del Papa en sus ratos de ocio, en el fondo de todo el documento se encuentran cuatro escritos de la Iglesia que justifican la postura católica: De aborto procurato (1974), Persona humana (1975), De euthanasia (1980), Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum vitae (1987). No bastándole hacer una encíclica, publicó después dos escritos: Carta a los obispos de la Iglesia sobre la intangibilidad de la vida humana inocente (1991) y la Carta a las Familias (1994).

Si lo que buscas es el tema del aborto (como, el caso de que el embarazo sea por una causa no planeada o que en el momento del nacimiento la vida de la madre corra peligro), la eutanasia, la dignidad de persona del nuevo ser fecundado, el experimento con embriones humanos, en este texto católico podrás encontrar razones suficientes para entender la postura de la Iglesia.

El Papa sabía que no podía hablar este tema solo con la Biblia en la mano, sino que hace uso de la ética, un campo donde confluyen, o deberían confluir, todas las ciencias humanas. Él mismo lo expresa diciendo que “es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida” (n. 95), no solo los católicos sino toda la sociedad: “El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos” (n. 101).

Este tema tuvo una gran repercusión que incluso Benedicto XVI, un gran pensador moderno, años después aludía a esta encíclica al hablar de “la cultura de la muerte”, entendida ésta como los peligros que tiene la vida de nuestros niños y jóvenes, y todas las amenazas que sufren los “menos”: lo que no tienen voz ni voto como los infantes en el vientre materno o los ancianos.

Ahora sí, si tenías tus dudas de que solo los católicos salen a “gritar” y a “hacer solo tráfico” con sus “marchas de la vida” sin alguna justificación racional, puedes rectificar que no. Al hablar de todos estos temas importantes, te invito a que vayas a la fuente: investiga, no te quedes con la opinión del conductor de televisión, el periodista que busca vender la nota o la noticia tergiversada de Facebook. En este siglo se debe avanzar en el diálogo, y si lo que se pide es respeto e igualdad, iniciemos por escucharnos… a veces las otras voces no están tan equivocadas como creemos.



ANIMA VERBI:

Anima verbi

JUAN PABLO ROJAS TEXON


El nombre “Juan” (en hebreo, yehwhanan; del elemento yehw-, de yehōwāh, ‘Jehovah’, y la raíz hnn, ‘alcanzar misericordia’) designa a diferentes personas de la Biblia, siendo las más destacadas Juan Bautista y Juan Evangelista. Uno, precursor de Jesús en la proclamación de la conversión para el perdón de los pecados mediante las aguas del bautismo, previas al fuego del Mesías (Mt 3; Lc 3, 2-3.16; Jn 1, 19-34). Otro, considerado el más joven entre los apóstoles de Cristo y a quien se ha querido identificar con el autor del cuarto Evangelio –oculto en la figura del “discípulo amado” (Jn 13, 23)–, de tres cartas apostólicas y del Apocalipsis. A ellos se debe la difusión de este nombre por el mundo y en ellos se cumple mejor el núcleo etimológico del mismo: “aquel que ha alcanzado la misericordia de Dios”.



DE PERSONA A PERSONA:


De Persona a Persona

JUAN PABLO ROJAS TEXON


Roman Ingarden


En su opúsculo Sobre la responsabilidad, publicado pocas semanas antes de su muerte, Roman Ingarden distingue “cuatro diferentes situaciones en las que se presenta el fenómeno de la responsabilidad”. Así, alguien puede tener responsabilidad –o ser responsable– de algo, asumir una responsabilidad, ser hecho responsable, o bien obrar responsablemente. Lo propio sería que, tan pronto como uno es responsable de algo, asuma su responsabilidad y también sea hecho responsable. Sin embargo, “se puede ser responsable y no ser hecho responsable ni tampoco asumir la responsabilidad. Y, a la inversa, uno puede ser hecho responsable de algo sin ser en realidad responsable de ello. Y de hecho puede uno también asumir la responsabilidad de algo sin ser efectivamente responsable de ello”.

Para tener responsabilidad de algo basta realizar una acción. “Uno se vuelve responsable de una acción tan pronto como la ha emprendido y realizado”. En este sentido, la “responsabilidad pesa sobre el agente”. El agente sólo puede ser una persona, pero no puede serlo cualquier persona ni en cualquier situación, sólo aquella “que en el momento de obrar es consciente de ello” y libre. Aquello de lo que es responsable el agente es su conducta y el valor del resultado. La conducta puede estar reflejada en un solo acto o bien en “un proceso complicado compuesto de varios pasos cualitativamente distintos y que abarca un largo espacio de tiempo”. Además, hay situaciones como el comer o el andar del trabajo a la casa cuya naturaleza minimizan el efecto de la responsabilidad, a menos que se presenten en circunstancias particulares; por ejemplo, que un médico coma en horario de guardia en vez de atender a los enfermos. En cambio, hay acciones que por su propia naturaleza hacen que la responsabilidad del agente sea altamente significativa, tal es el caso del asesinato. Luego, el valor del resultado minimiza o magnifica la responsabilidad del agente.

Ahora bien, “cuando alguien es responsable de una acción, pesa sobre él el deber de asumir la responsabilidad de ella. Si no lo hace, carga con una nueva culpa, de la que es responsable”. El asumir la responsabilidad no es como tal una conducta activa, pero sí es una postura activa de la que puede resultar una conducta adecuada. “Esta asunción de la responsabilidad es un acto real psíquico de la persona”, el cual conduce a una disposición hacia el cumplimiento de las exigencias de la responsabilidad. Que al agente asuma su responsabilidad significa que reconoce la carga de sí mismo con su deber. Si perjudicó a otro, reconoce el derecho de éste a la reparación y ejecuta el deber de indemnización que pesa sobre él. En este sentido, la asunción de la responsabilidad consiste en un responder el agente por sus actos. Así, esta asunción “y la aceptación de las exigencias dirigidas al agente que se siguen de ella, así como el cumplimiento de lo que le exigen, le descarga de su culpa y, con ello, queda su responsabilidad debilitada y anulada”.

En suma, tanto el tener como el asumir la responsabilidad se encuentran en el agente; en cambio, el hacer a uno responsable de algo tiene su origen fuera del agente. Por otra parte, el obrar responsable es realizado por el agente con intención más o menos plena tanto de la situación como de los motivos que lo han movido, pues quien obra responsablemente “no se lanza ciegamente a un obrar cuyas consecuencias no prevé, sino que es plenamente consciente de dichas consecuencias y endereza a éstas su acción”. Por eso, “el más alto grado de responsabilidad se presenta cuando el acto es acometido y realizado por el yo personal de modo plenamente consciente, con intención y plena decisión”.

Nacido en Cracovia, Roman Witold Ingarden fue un reconocido fenomenólogo que llevó el método eidético al punto de la demostración. Su obra escrita rebasa los doscientos títulos, en los que recorre temas de lógica, ontología, antropología filosófica, teoría del conocimiento, axiología, estética y filosofía del lenguaje. En Gotinga recibió las enseñanzas de Husserl, siendo condiscípulo de Dietrich von Hildebrand y Edith Stein, con quien mantuvo una asidua correspondencia. Luego de doctorarse en Friburgo regresa a Polonia, donde se habilita como profesor universitario en Lwów. Más tarde, a causa de la segunda gran guerra, se traslada a su ciudad natal; ahí le es concedida una cátedra de filosofía en la Universidad Jaguelónica e invitado a ser parte de la Academia Polaca de Ciencias. Tras una intensa actividad académica, se jubila en 1963 y siete años más tarde, el 14 de junio de 1970, le sobrevino la muerte, a la edad de 77 años.



ESTO YO NO LO SABÍA…

La persona siempre será digna por ser persona

SERGIO PALMEROS PALMEROS

¿Qué es dignidad? En variadas ocasiones y en diversos temas hemos escuchado esta palabra, sin embargo, no siempre sabemos su significado. Podríamos decir de ella que es la cualidad que significa valioso, que merece respeto, estima y cuidado. Así también, debemos diferenciar una dignidad ontológica de una moral. La dignidad moral se adquiere mediante el ejercicio de las virtudes, es decir, esta varía dependiendo del comportamiento moral en función de los principios que guían sus actos; y la dignidad ontológica se refiere al ser: es su valor intrínseco porque lo posee en su propio ser y no en las cosas accidentales; y absoluto porque no se puede medir ni transferir. La dignidad ontológica subyace siempre, la persona puede actuar indignamente por los principios morales, pero siempre será digna por ser persona.

… PERO AHORA YA LO SÉ.


FRASE DE LA SEMANA: “Mediante la mentira, el hombre aniquila su dignidad como hombre”. Immanuel Kant.



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