Cardenal veracruzano

01/07/2018

E D I T O R I A L

La capacidad de maravillarse

El hombre está inmerso en el mundo, pero su estancia es diferente a los demás seres que se desarrollan en éste, esto porque el ser racional es capaz de preguntarse por lo que hay a su alrededor.

Esta capacidad le permite al hombre maravillarse de todo aquello que observa y preguntarse el porqué de lo que existe. Tantas son las maravillas en la realidad que el hombre las estudia, desde la razón. Es por ello, que surge la filosofía.

Ciertas ocasiones hemos escuchado o hablado del término “filosofía”, y algunas imágenes que podemos traer acerca de este concepto son la de hombres que fuman “mota” y se la pasan en las nubes, es decir, personas que andan en sus mundos, en la cual la realidad gira en su propias cabezas, pero también este término lo utilizamos cuando nos referimos a un estilo de vida. Sin embargo, la filosofía es la ciencia que estudia todas las cosas por sus causas últimas a la luz natural de la razón. 

La filosofía ha tenido varios pensadores que han desarrollado y penetrado en lo más íntimo del pensamiento: se abordan temas acerca del hombre, del mundo y de Dios. Estos temas ayudan al hombre a comprender la realidad en la que se encuentra y de igual manera encontrar la causa última de lo que existe.

 

Un cardenal veracruzano

José Muñoz G.

Con admiración y respeto, a mi padre y pastor Eminentísimo e Ilustrísimo Sr. Sergio Cardenal Obeso Rivera.

El pasado 20 de mayo, México y especialmente Xalapa, amaneció con una grata noticia: el Arzobispo Emérito de Xalapa don Sergio Obeso Rivera fue nombrado cardenal de la Iglesia Católica por su Santidad el papa Francisco, y aunque por su edad ya no es cardenal electo, su nombramiento es más un reconocimiento a su labor como pastor dentro de la Iglesia en México, particularmente en Xalapa a la cual pastoreo durante 28 años como Arzobispo titular.

¿Qué es un cardenal?

«Los cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar; asimismo, los cardenales asisten al Romano Pontífice, tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia Universal» (Código de Derecho Canónico, c. 349).

El título de cardenal fue reconocido por primera vez durante el pontificado de Silvestre I (314-335). El término viene de la palabra latina cardo, que significa «bisagra». La creación de cardenales se lleva a cabo por decreto del Romano Pontífice a quienes elige para ser sus principales colaboradores y asistentes. Ellos son las «bisagras» alrededor de las cuales gira todo el edificio de la iglesia, en torno a su pastor el Papa, y con éste, en torno a Jesucristo.

Al principio, el título de Cardenal se atribuía genéricamente a las personas al servicio de una iglesia o diaconía, reservándolo más tarde a los responsables de las iglesias titulares de Roma y de las iglesias más importantes de Italia y del extranjero. Desde tiempos del Papa Nicolás II en 1059 y gradualmente hasta 1438 con el Papa Eugenio IV, este título adquirió el prestigio que lo caracteriza hoy.

El Colegio Cardenalicio fue instituido en su forma actual en 1150: cuenta con un Decano -el Obispo de Ostia, que conserva la Iglesia que tenía antes en título-, y un Camarlengo, que administra los bienes de la Iglesia cuando la Sede de Pedro está vacante. El Decano se elige de entre los cardenales del orden episcopal que tienen el título de una Iglesia suburbicaria (canon 352, par.2) -las siete diócesis más cerca de Roma.

El canon 350, par. 1 afirma: «El Colegio Cardenalicio se divide en tres órdenes: el episcopal -al que pertenecen los Cardenales a quienes el Romano Pontífice asigna como título una Iglesia suburbicaria y los Patriarcas orientales adscritos al Colegio Cardenalicio-, el presbiteral y el diaconal».

El Colegio Cardenalicio se internacionalizado notablemente en los últimos 30 años. Los requisitos para ser elegidos son, más o menos, los mismos que estableció el Concilio de Trento en su sesión XXIV del 11 de noviembre de 1563: hombres que han recibido la ordenación sacerdotal y se distinguen por su doctrina, piedad y prudencia en el desempeño de sus deberes.

Como consejeros del Papa, los cardenales actúan colegialmente con él a través de los Consistorios, que convoca el Romano Pontífice y se desarrollan bajo su presidencia. Los Consistorios pueden ser ordinarios o extraordinarios de acorde a los temas que se traten.

Desde 1059, los Cardenales han sido los únicos electores del Papa a quien eligen en cónclave, siguiendo las últimas orientaciones de la Constitución Apostólica de Juan Pablo II Universi Dominici Gregis, del 22 de febrero de 1996. Durante el período de «sede vacante» -de la Sede Apostólica-, el Colegio Cardenalicio desempeña una importante función en el gobierno general de la Iglesia y, tras los Pactos Lateranenses de 1929, también en el gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano.

La Iglesia de Xalapa se honra en saber que entre nosotros camina un hombre que con su ejemplo y doctrina ha guiado a todos los creyentes hacia Dios, un hombre que le tocó vivir las transiciones de dos etapas de la historia de la Iglesia y que supo leer e interpretar los signos de los tiempos para que la Iglesia de Xalapa estuviera a la par con las circunstancias temporales. Es un honor para todos aquellos que hemos escuchado sus sabias y doctas homilías, verlo ahora con estas insignias cardenalicias y saber que seguirá tan cerca de su pueblo, especialmente los pobres, como siempre lo ha estado.

 

Sergio Obeso Rivera, primer Cardenal de la Arquidiócesis de Xalapa.

 

ESTO YO NO LO SABÍA…

Signos del Cardenal

                                                                                     Noel Gutiérrez

Ahora vayamos a los signos externos que adornan la figura de los Cardenales,

y del significado místico o espiritual de los mismos.

El capelo cardenalicio. Es un sombrero púrpura con 4 lados. Era, en la antigüedad, el signo que llevaban los esclavos liberados. También lo usaban los ciudadanos libres en las fiestas y solemnidades. Significa la libertad gloriosa de la que gozamos los hijos de Dios.

El anillo. Como Obispos, éstos llevan un anillo signo de su desposorio con su Iglesia Diocesana, donde hacen las veces de Cristo Esposo. Los Cardenales, reciben este anillo como signo de su desposorio con la Iglesia de Roma, y, por lo tanto, con toda la Iglesia Universal, al ser Roma la Cabeza de las Iglesias particulares (las diócesis, que son la porción más chica en que se divide la Iglesia para su administración y gobierno).

El color púrpura. Es el color de los mártires. Significa que deben estar dispuestos a dar la vida por Cristo y por su Esposa, que es la Iglesia.

… PERO AHORA YA LO SÉ.

 

Karol Wojtyla: persona y amor

RAMÓN LÓPEZ GONZÁLEZ

El personalismo es una corriente filosófica contemporánea que ha nacido en países europeos durante la primera mitad del siglo XX, destacando a la persona como centro de su reflexión filosófica y de todas sus implicaciones concernientes. Iniciada en Francia su importancia fue decisiva bajo el personalismo comunitario en la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la ONU en el año de 1948 y permitió sentar las bases para la constitución del Estado social de derecho en los países de Europa que salían de los acontecimientos de la Guerra. También influyó en el acontecimiento eclesial del Concilio Ecuménico Vaticano II. Filósofos personalistas los hay muy diversos, pero entre los que podemos nombrar tenemos la ética personalista de Scheler, el personalismo tomista de Jacques Maritain, el personalismo comunitario de Emmanuel Mounier, la postura dialógica de M. Buber, el existencialismo personalista de Gabriel Marcel, entre otros muchos.

Karol Wojtyla, se inserta en la corriente del personalismo con dos grandes obras filosóficas, Amor y responsabilidad (1960) y Persona y Acción (1969). Durante la ocupación del régimen nazi en Polonia siempre se distinguió por su actitud de hombre firme en sus ideales, pero que con generosidad y apertura a los demás comienza a afirmar el amor como valor supremo de la más alta dignidad humana. El diálogo en el que se suscita la reflexión sobre el amor y la persona no es sólo en el confesionario o la predica sino también en la cátedra universitaria, proyectando esperanza tanto a creyentes como hombres de razón, de ciencia y laicidad.

El amor no es una tendencia sexual, ciega y egoísta, sino sobretodo una dimensión afectiva de la totalidad de la persona que implica el reconocimiento y apertura para con el otro, lo cual nos permite el descubrimiento de su dignidad y grandeza, de donde brota espontáneamente la disponibilidad y compromiso de uno mismo para con el otro, la defensa de su dignidad, así como el acompañamiento de su adecuada realización. Es tal defensa y acompañamiento la que considero nos hace falta en el presente en medio de tantos adjetivos, prejuicios y avatares que dañan a las personas concretas, de carne y hueso que se ven minadas por la agresión de unos contra otros, a veces públicamente y otras tanto por actos realizados en el anonimato. Es el valor de la persona lo que en el pensamiento de Wojtyla sigue presente como un bien que sólo el amor nos puede conducir de modo correcto y valedero respecto de ella, pues el amor mira al bien de la persona amada como afirma en Amor y responsabilidad.

Ser persona es “ser en relación”, en comunión, es salida de mi ser individual al ser del otro que me llama, y es su llamada lo que me hace consciente de mi responsabilidad para con él y al mismo tiempo me vuelve autoconsciente de mi existir. Ahora bien, ser sujeto individual no anula o contradice la estructura relacional de mi yo para con el otro sino que nos permite comprender de mejor modo la relación con él en tanto que otro persona. Ahora bien, el amor se vuelve capital en la constitución de la persona y la configuración de su personalidad, de tal modo que existen en nuestra vida relaciones que se vuelven decisivas por lo mucho que han colaborado en la creación de nuestra personalidad, relaciones humanas decisivas que marcan nuestro destino.

Por lo tanto, no es el miedo ni el mal en cualquiera de sus formas concretas lo que prevalecerá, sino más bien el amor lo que nos permita vencer al mal. El amor que se afirma en las elecciones decisivas de nuestro tiempo, como lo hizo Karol Wojtyla, apostando desde su frágil condición humana, no por la muerte ni la penumbra, sino por el amor, la vida y la esperanza, por el amor concreto hacia los demás, hacia los más vulnerables y marginados. Cada uno de nosotros tiene el derecho de elegir, y este es nuestro tiempo, sepamos elegir y vivir bien.

 

Karol Wojtyla

 

FRASE DE LA SEMANA: “Uno debe ser tan humilde como el polvo para poder descubrir la verdad”.  Mahatma Gandhi.

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