Despertar de una vida pasiva

19/08/2018

E D I T O R I AL

Despertar de una vida pasiva

 

Existe un animal que vive principalmente en manadas, grandes manadas, pero que en ocasiones sufre una extraña enfermedad y tiende a apartarse de ella. Este animal se llama hombre y su manada es la sociedad; tiene un problema que le hace aislarse de su entorno, cayendo en el egoísmo. Algunos lo engloban en un número de enfermedades más llamado posmodernidad, otros más hablan de laxismo, lo cierto es que el hombre se encuentra enfermo, y no encuentra la cura.

 

Al mencionar una sociedad estable se deja en claro que no se busca una sociedad utópica, como se ha buscado en muchas ocasiones, sino una que sea la mejor posible, que a pesar de las dificultades, sea capaz de vivir. Y eso es lo que contrarresta el egoísmo, la posmodernidad y el laxismo, todo lo contrario. Se trata entonces de salir de uno mismo, de los intereses particulares, buscar al otro y salir de la comodidad pasiva y luchar por el día a día en miras de un futuro mejor. Finalmente es necesario erradicar la pasividad y estancamiento de los tiranos, el poder en las manos de unos pocos, y devolver el poder de sus determinaciones a cada uno de los hombres; desea eliminar la esclavitud, para que todos sean capaces de construir una vida propia.

 

De cara al Ego

DANIELA YAZMÍN MARTÍNEZ

 

El individualismo del siglo XXI ondea la bandera de la libertad que se inserta como principio, no sólo en la vida moral, sino en la vida política y económica. Hemos de reconocer que el panorama actual se esfuerza por rescatar al individuo de la sociedad homogeneizada de masas, para exalta su valor único. Esta era del individualismo exige la incesante tarea de rehacerse, experimentarse y consumirse, posándose sobre la libertad como principio y la felicidad como fin, cuyo camino está construido a partir de la autodeterminación de las elecciones por la voluntad. La esfera de la ética en este contexto, se ve dirigida por la libertad y autonomía, con la eterna afirmación del ego, cuyo reconocimiento del otro hombre está a la expectativa de los deseos propios. ¿Cómo conciliar el desenvolvimiento de la libertad del yo con la eterna contraposición de la responsabilidad por la libertad del otro? Una pugna entre la libertad de ser para mí mismo y la responsabilidad de ser para el otro hombre, es decir, definir la identidad a partir de ser para el ego o ser para el otro. Responder a esta difícil problemática exige replantearnos el propio papel de la ética en la vida humana y su trascendencia. Si entendemos la ética como la reflexión sobre la moral, sus fundamentos y la aplicación de principios prácticos, entonces tenemos que admitir que la ética requiere de presupuestos para la acción moral, tales como la condición social humana, la libertad de acción para tomar decisiones que se consideren éticas y la responsabilidad como inclinación por el bienestar del otro. La condición primaria de socialidad o bien, condición natural de insuficiencia, de estar y necesitar al otro, es límite y apertura de toda posibilidad de acción y reflexión moral. Ninguna ética tendría sentido si el hombre estuviera completamente solo, si no tuviera a quién dirigir su acción o por qué meditar sobre las consecuencias de sus actos. La ética no es un hecho aislado o restringido a la esfera individual, supone la explicación de la constitución de los vínculos entre yo y otros, de la realidad social y el autoconocimiento, exige reconocernos constituidos a partir de nuestras relaciones con los otros. Reivindicar la revaloración avocada al ámbito de la alteridad (relación con el otro) sobre el ámbito de la individualidad, es recobrar su sentido social y abandonar la idolatría y el privilegio del yo, una tarea muy difícil para nuestro panorama actual ético que aún parte de la autonomía como principio de las decisiones morales: las constituciones y enmiendas así lo legislan, las instituciones lo protegen y refuerzan, la mercadotecnia y la vida económica lo reafirman hasta en las decisiones más triviales que no incumben propiamente a las decisiones morales, y si aún queda duda, los libros y empresas de autoayuda te develarán este camino. “Sé tú”, “sé feliz”, a toda costa y a todo costo, es un egoísmo disfrazado de libertad reforzado por todos los flancos. Si la responsabilidad como determinación del individuo se viera así reforzada la encontraríamos incómodamente impuesta, peligrosamente atentando contra nuestros propios intereses. Hemos de dar vuelta a esta visión absoluta de “libertad” para escapar de este egoísmo que en su indiferencia deja en desamparo al prójimo, hemos de voltear la mirada al rostro del otro. Replantear la ética en la alteridad es poner sobre la mesa la existencia del prójimo, el encuentro y la importancia de la comunicación, es pensar la vida moral como una constante determinación de la identidad que exige siempre poner en cuestión nuestros propios intereses y ponernos al servicio del otro. Puede que nuestros recursos materiales y esfuerzos sean limitados para saciar las necesidades ajenas, pero reconocer su existencia de frente nos mueve a velar por su cuidado. Confrontar la ética del individualismo es poner en cuestión los pilares de la visión no sólo ética, sino antropológica contemporánea: “Todos los hombres son libres, y luego, como consecuencia del ejercicio de su libertad, son responsables”. La ética de la alteridad propone: “Los hombres deberían ser responsables del prójimo, y luego, como consecuencia de esa responsabilidad, consecuencia del cuidado del otro, propiciarles que sean libres”.

 

¿Amor platónico?

GERALD MARLON LUCAS CARMONA

 

Regularmente escuchamos la expresión: “¡ése es mi amor platónico!”, al tiempo que un suspiro largo y profundo concluye con una escena digna de Hollywood, y es que la cultura popular se ha encargado de hacer creer que el amor platónico es, o bien, aquel amor que se vuelve completamente imposible de alcanzar y que sólo logramos atisbar, pero nunca obtener, o bien aquel amor para el cual estamos destinados desde que nacemos: la “media naranja”. Si bien Platón sí habla de esto último, nada tienen que ver los amores inalcanzables con el dios Eros al que el filósofo de Atenas dedica todo un texto.

 

¿Qué sabemos, pues, sobre el amor platónico?, ¿es que acaso la filosofía tiene interés sobre estos temas? La respuesta es afirmativa, uno de los filósofos más importantes de la Grecia antigua se empeñó en escribir sobre el amor, sumándose a la gran lista de pensadores que han llevado a cabo la misma empresa, cada cual bajo su muy particular punto de vista y en virtud de sus propias teorías. Actualmente, este tipo de temáticas que parecen ser sólo del campo de la literatura, son parte importante del pensamiento y la reflexión filosófica.

 

Eros como ideal amoroso nace en la cultura griega en su periodo clásico, cuando Platón escribe en forma de diálogo El banquete –o Simposio–, en donde se narran las ideas que algunos personajes destacados de aquella época tienen sobre Eros, de entre los cuales desfilan un médico, dos poetas, un hombre maduro, un filósofo y un estudiante de filosofía. Este diálogo se desarrolla al calor de un banquete –de ahí el nombre–, en el cual se van relatando varios alegatos sobre lo que cada comensal cree que es el amor. De entre todos los discursos el más elocuente será el del filósofo Sócrates, quien se encarga de describir lo que el amor es en su esencia última, es decir, el platónico.

 

Para el filósofo de Atenas, el amor procura la inmortalidad, o lo que es lo mismo, asegura la reproducción de la especie humana para que ésta nunca se extinga, esto a través de la liturgia erótica de las pasiones carnales. Decía, pues, que podemos dejarles a nuestros descendientes un legado importante, como el apellido o el status social, para que así la familia o el linaje nunca pereciera y fuese enriqueciéndose cada vez más. Del mismo modo, se concibe a Eros como aquella conciencia o daimón –como así lo llama– que nos ayuda a distinguir el bien del mal. Eros es nacido del encuentro carnal entre Poros y Penia, siendo él un dios rico, y ella una diosa desprovista de belleza y méndiga de amores, de tal suerte que su vástago es el punto medio entre la belleza y la fealdad, bondad y maldad, riqueza y pobreza, y es por esto por lo que él representa la armonía y el perfecto equilibrio. Se le ve como amante de la sabiduría –característica esencial de la figura del filósofo– y buscador de la virtud, de modo que quien profese el amor estará en constante búsqueda de la virtud, así como de lo bueno, lo bello y lo justo. Para Platón, el sacrificio de negar las cosas materiales –o incluso sentimentales– con tal de procurar a su amado es de preponderante importancia, pues en esa renuncia es en donde se podrá notar que Eros navega en esos mares, pues ahí está el amor puro: el platónico.

 

El mito de la “media naranja” se enuncia en el relato que brinda Eriximaco, un médico griego de renombre, quien narra la historia en donde los humanos poseían un cuerpo andrógino, es decir, que dos cuerpos conformaban uno sólo, sin embargo, fue Zeus quien al ver que éstos no le rendían la pleitesía necesaria, decidió separarlos por mitad, de modo que ahora anduviesen por la tierra con dos pies, dos manos, una cabeza y un sexo. Así, los humanos pasarían la vida entera buscando su otra mitad a la que estaban destinados pero que les había sido arrebatada, y se cuenta que al encontrarse de nuevo se darían un abrazo tan profundo, que lograsen fundirse en un sólo cuerpo, para complementarse unos a otros.

 

La incógnita queda al aire para el lector: ¿realmente hemos experimentado el “amor platónico”?

 

La historia de la filosofía

RAMÓN LÓPEZ GONZÁLEZ
 

En el caso de la filosofía la consideración histórica resulta primordial. Una filosofía del pasado, si ha sido verdadera, no es un error abandonado y muerto, sino una fuente permanente de enseñanza, dado que el pasado filosófico permanece vivo en nuestra tradición. En ella se ha expresado el filósofo, no sólo en lo que le era de más propio y hasta personal, sino en aquellas relaciones con los que le rodearon, con los otros y con el mundo en que vivió. En cada uno debemos analizar e interpretar el centro hacia el que gravitaban sus inquietudes fundamentales de filósofo. Hemos de concebir a cada uno de ellos en su realidad de persona histórica para comprender su propuesta filosófica, sus argumentos, así como el modo de interrogar a la realidad de su tiempo, mostrándonos un ejemplar en el modo de filosofar, ejemplar que nos sirve provisionalmente de guía sobre el modo de acercarnos a nuestros problemas y a nuestra vida.

 

La historia de la filosofía no se debe considerar como el conjunto frío de meros sistemas y/o problemas sustancializados, es decir, considerados como realidades independientes a la de su tiempo; sino que debemos presentarla como el conjunto de problemas, tesis, argumentos, sistemas o doctrinas en relación con personas encarnadas, vivas, y con planteamientos que han surgido de la lógica de la investigación en que fueron elaborados. La historia de la filosofía no es el reino de doctrinas o sistemas impersonales que se suceden cronológicamente, ni el lugar de problemas eternos y desencarnados de la realidad. Por el contrario, la historia de la filosofía es un entramado que trasciende lo contingente e insignificante para asentar lo que es esencial y constitutivo a un período de estudio. Período o época en cuestión que muestra una unidad de sentido que permite la comprensión de su tiempo, pero al interior de dicha unidad espiritual o cultural encontraremos siempre la diversidad de posiciones filosóficas.

 

La historia de la filosofía en su labor de investigación realiza el intento de comprenderse y comprender. En dicho camino comprensivo a veces acierta y a veces no tanto, pero deberá renovar los intentos, pues de esto depende su sentido y valor humano. Y la única manera posible de renovar dichos intentos es en la pertinencia de mirar al pasado, y así obtener de la historia la ayuda que los demás pueden proporcionarle para el futuro. Es así como la historia resulta ser maestra de vida, pero también cada filósofo del pasado se constituye en un compañero de investigación, cuya voz y palabra nos llega debilitada por la distancia en el tiempo, pero resultando decisiva para nosotros por los problemas que nos ocupan en nuestro momento presente como comunidad humana que somos.

 

De tal suerte que la única manera posible de alcanzar una solución a los problemas de nuestra existencia individual y colectiva de nuestro presente es atendiendo al cruce entre nuestra reflexión actual y el cuidado a las voces de los filósofos del pasado, los de la tradición universal y los de nuestra tradición particular. Nuestro intento por comprender las propuestas filosóficas de Sócrates, Platón, santo Tomás, Kant, Kierkegaard, Bartolomé de las Casas, Ramos, Vasconcelos, entre muchos otros, tiene el cometido de mostrar el modo peculiar en que se exponen los problemas y las soluciones, comprometiéndonos también, al intento por aclarar y solucionar, así como a la responsabilidad filosófica por plantear históricamente tales cuestiones, pues la escucha del mensaje que nos viene desde este otro lado, que es el lugar que ocupan los que nos han precedido, resulta en mucho ser una lección para el presente, para el devenir de nuestro ser y el de su futuridad.

 

 

Anima verbi

JUAN PABLO ROJAS TEXON

 

Un “fraile” (en provenzal, fraire, variante idiomática del latín frater, ‘hermano’) es el miembro de alguna orden religiosa mendicante que ha hecho votos de extrema pobreza individual como parte de su ministerio. La designación se debe a los lazos “fraternales” que se originan entre los integrantes de la misma comunidad y, a modo de título, suele anteponerse al nombre propio bajo la forma “fray”. Así, el fraile, provisto de tan sólo una capa o manta, en ocasiones descalzo, es un modelo de fe y vida espiritual, servicio desinteresado al prójimo y virtuoso estoicismo.

 

 

FRASE DE LA SEMANA: “Sólo el virtuoso es competente para amar u odiar a los hombres” Confucio. 

 

 

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