Sólo sé que no sé nada

30/09/2018

E D I T O R I A L

Sólo sé que no sé nada

Hay una institución social que ha permanecido en la historia, cierto que, con modificaciones de época: la educación. Esta institución que se orienta a la formación, transmisión y comunicación del conocimiento, de las habilidades y valores de la sociedad; y que se realiza en varios lugares como la casa, la escuela y la calle, da oportunidad para penetrar en el hermoso y sorprendente mundo del saber.

Ese mundo de saber, es la mejor herramienta para responder a las incógnitas que el hombre se plantea. Por ello, desde pequeños, se nos instruye en tantos ámbitos que van forjando lo que somos; sin embargo, sólo aquellos que comprenden la magnitud que tiene el saber, se atreven a decir con humildad aquella famosa frase de Sócrates «sólo sé que no sé nada».

 

¿Dónde está la imaginación?

ENRIQUE SÁNCHEZ BALLESTEROS

La imaginación se ha entendido comúnmente como la facultad de crear escenarios ficticios con el pensamiento, pero también se comprende como la capacidad de crear un objeto, espacio o dar solución a problemas prácticos. En la reflexión filosófica de occidente, la imaginación ha sido tratada de varias maneras; en la filosofía griega, la imaginación era equiparada a la fantasía, la cual consistía en la actividad mental que provoca imágenes.

         Para Platón, estas imágenes, causadas por la fantasía, generan opiniones acerca del mundo; no obstante, este tipo de pensamiento es erróneo, pues no lleva a la mente a contemplar los arquetipos de la realidad, al contrario, pierde a la mente en la diversidad de imágenes. Aristóteles considera de forma similar a la imaginación, aunque de entrada separa a la fantasía o la imaginación del ámbito de la opinión, ya que la imaginación no puede formar por sí sola una opinión como en la filosofía de Platón; antes bien, la imaginación es la facultad de combinar imágenes para dirigir la vida del ser orgánico. Esta combinación de imágenes puede estar destinada a evocar imágenes para la conformación de un juicio científico o de la opinión, pero también para anticipar el apetito o deseo de algún bien.

         En las versiones sobre la imaginación que nos muestran Platón y Aristóteles, encontramos una dimensión epistemológica y psicológica; sin embargo, no es hasta después de Cristo que en el escrito titulado Sobre lo sublime -atribuido por mucho tiempo al gran retórico Casio Longino, y cuya autoría aún no es descubierta- que encontramos una idea de la imaginación en su dimensión estética: con la finalidad de producir un deleite onírico o a través de la creación de una “obra de arte”.

         En el pensamiento medieval, san Agustín considera la imaginación como un motor que mueve la sensibilidad, por un lado posibilita la sensibilidad en cuanto que recrea las formas y colores que provienen de los objetos del exterior, por otro lado, reproduce las formas y colores que trae consigo el recuerdo de un objeto o situación. En la época moderna de la filosofía, la imaginación tiene un papel muy importante; en realidad se torna un elemento para la conformación del conocimiento. Tanto para Francis Bacon como para René Descartes, la imaginación es la capacidad de representar imágenes, las cuales tiene su origen en la razón o en las sensaciones.

         En la misma época moderna de la filosofía pero en su periodo ilustrado, Immanuel Kant postula que la imaginación es una facultad del pensamiento que se encuentra entre el entendimiento y la sensibilidad; la imaginación conforma un puente entre la percepción de las cosas y la manera de pensar las cosas.

Como hemos visto, la facultad de la imaginación se encuentra ligada a diferentes dimensiones del hombre (cognoscitiva, psicológica y estética). Esta facultad tiene tal importancia que quizá, sin ella estaríamos destinados a repetir perpetuamente una misma acción o pensamiento. De tal modo que, nuestra capacidad de imaginar tiene relación con nuestra conducta, deseos, ideas y creaciones; nuestras acciones, expectativas, pensamientos serán creativos en la medida que invertimos imaginación o no en ellos, serán creativos cuando se reconozca en ellos un agradable juego libre de imágenes, formas, texturas y colores.

Pero, en realidad ¿dónde está la imaginación? ¿En verdad observamos ideas o conductas novedosas en los individuos de nuestra sociedad, en nosotros mismos? La verdad es que no, y quizá no tenga nada que ver con la iniciativa por parte de nosotros. Vivimos en una sociedad que prescinde de la imaginación, las instituciones nos exigen competencias específicas, manejo particular de la tecnología, realizar acciones o pensamientos que incentiven el mercado, motivar conductas eficientes para satisfacer estándares de calidad y atrapar el pensamiento en criterios de innovación para la claridad de procesos cognitivos.

Justamente es el peligro que ve la Escuela de Frankfurt como consecuencia de la tendencia ilustrada de la sociedad; la Ilustración trata de desarrollar al máximo la ciencia para llevar a los individuos, la sociedad y las instituciones con la finalidad de alcanzar la felicidad, pero cuando esta tendencia cientificista recubre todos los espacios sociales y las dimensiones del hombre, en lugar de provocar la felicidad causa el detrimento de su imaginación al conformarlo como hombre-máquina listo para satisfacer los estándares más altos de innovación y producción. Esto conforma una nueva forma de barbarie (estado que pretendía trascender las Ilustración mediante la ciencia) al marginar a los individuos analfabetos en cuestiones científico-tecnológicas y propiciar la destrucción de la naturaleza, que a fin de cuentas significa nuestra destrucción.

         ¿Cómo detener la muerte de la imaginación a la que se refiere la escuela de Frankfurt? ¿Cómo recuperar el libre juego de imágenes para propiciar una verdadera originalidad de nuestras acciones, deseos y pensamientos? ¿Cómo liberarnos de la lógica de producción del hombre-máquina y humanizarnos nuevamente? Sin duda la respuesta a estas preguntas debe ser sumamente imaginativa, espero que aún existan individuos con esta capacidad, de lo contrario ya no tendremos salida de esta situación. Para imaginar una oposición a nuestra condición de máquina quizá primero deberíamos imaginar que imaginamos, e imaginar que no existe un pesimismo en torno a la inutilidad de la imaginación.

 

Un mundo simbólico

RAMÓN LÓPEZ GONZÁLEZ

La escuela es un mundo simbólico, una instancia de nuestro mundo vital donde los participantes forman su identidad personal en la relación de unos con otros. De este modo, cada uno potencializa sus facultades, y se encuentra atento a las expectativas e intereses de los demás. Y es que la escuela representa el lugar de expresión de la pluralidad, y del reconocimiento de las diferencias culturales. Aunque también viene a encarnar el ámbito en el que se ejercen los valores democráticos, la búsqueda de un proyecto común, el respeto de los intereses individuales, así como la convivencia y la gestión.

De tal modo que la escuela no es sólo el espacio físico donde se reúnen algunos individuos para aprender teorías o técnicas, sino una de las instancias primordiales donde se consolida la individualidad y la personalidad, así como la posibilidad misma de aprender a vivir en comunidad. Los principios éticos y políticos al interior de la escuela posibilitan significados en común, tales como: el lenguaje, el pensamiento, y la historia cultural; así como, las pretensiones de validez, verdad y sentido que requieren de tales principios para ser dialogados, discutidos y asumidos por todos o la mayoría.

Como se podrá observar la escuela es una comunidad que pone en ejercicio el diálogo, poniendo al descubierto la intención, sin la cual no habría relación, ni acuerdos. Comunidad que no está exenta de tensiones, pero que logra alcanzar cierta reconciliación o ciertos acuerdos: profesores y estudiantes aprenden a participar con la escucha antes que con la palabra, adquiriendo una actitud fronética antes que frenética.

Es así como los que participan del espacio de la escuela conforman una comunidad de diálogo, donde cada uno se abre a la comprensión y a las posibilidades que le brinda el otro, así como a los límites que la comunidad le propone o impone. Todos deben cooperar en la búsqueda de las semejanzas, enseñándose a decir “nuestro” y buscando los momentos para incorporar lo que pertenece por derecho propio.

Sólo desde la comprensión de la escuela antes descrita es como podremos adquirir los compromisos que nos preparan para la vida, por ejemplo, el de tener una mayor presencia ciudadana, la responsabilidad social, el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente como un otro con el que me relaciono, el valor por las tradiciones propias y ajenas, el respeto a los menos favorecidos, la negociación y el acuerdo como valores primordiales para la convivencia, así como la solidaridad, la fraternidad y la paz.

En una comunidad tal debe prevalecer el argumento convincente, asumiéndolo tanto por su formalidad lógica, como por su retórica y dialéctica. Aunque hay que recordar que muchas de las veces no se convence por el argumentar sino por el mostrar, por el ejemplo o la virtud con que se enseña. De tal modo que la educación que se requiere en el presente es la ejemplar, permitiendo al docente que nos enseñe su técnica, su teoría, y que ambas ligadas a su actitud nos convenzan. El docente es un ícono, y esto tiene fuerza porque permite la ejemplaridad, logrando que el hábito conduzca a la virtud y no a la mera costumbre estéril. De igual modo, los demás también participan de esta característica del mostrar, aunque el docente debiera de tener está distinción en la escuela.

Requerimos en nuestro país la vuelta a aquellas filosofías de la educación que nos preparaban para la vida. Un enfoque que asuma la trama de la escuela como mundo vital, en donde la personalidad crece y madura en relación con los demás. La personalidad y compromiso que se construyen como exigencia de todos, pues la vigilancia que aparece en muchas escuelas como mecanismo de control, debiera asumirse en términos de una sana observancia, donde los otros sacan lo mejor de mi quehacer. Es este el cuidado que debe prevalecer entre aquellos que integran la comunidad de la escuela, permitiendo dar siempre lo mejor de cada uno, la aportación y el rendimiento máximo en provecho de los demás: la educación dirige la actuación tanto de profesores como de estudiantes para vivir en sociedad.

 

  

 

Pie de Foto: El pasado jueves se llevó a cabo en el Ágora de la ciudad de Xalapa un panel filosófico titulado “Las redes sociales”. Participaron en la exposición del tema: Marcelino Arias Sandí, José Fernando Alarcón, Karina Celeste Ávila Vela y Alberto León. Con el fin de resaltar aspectos positivos y negativos que las redes sociales tienen.

 

Frase de la semana: “¿Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que intenta hacer un ferrocarril con espárragos?” Jules Renard

 

 

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