Un legado de superhéroes

25/11/2018

E D I T O R I A L

Un legado de superhéroes

Stan Lee fue un hombre de extraordinarias capacidades, interesado siempre en las películas y en los libros. Cuando apenas tenía 20 años debutó como guionista, en la editorial Timely Comics, con un escrito titulado Captain America Foils Traitor’s Revenge, mismo que, por primera vez, firmó con su pseudónimo Stan Lee –y que más tarde optaría por tomarlo legalmente como su nombre– así marcaba el inicio de una inesperada carrera de éxito, por la que es y será recordado como el genio de los comics, pieza fundamental del inigualable mundo de Marvel. En el 2008 recibió el American National Medal of the Arts, de manos del entonces presidente George W. Bush, el más alto premio del gobierno estadounidense para los artistas creativos. En el 2011, a sus 88 años, se le galardonó con una estrella en el importante Paseo de la Fama de Hollywood. Pero el premio que marca la vida de este personaje es en realidad el extraordinario legado que deja con la creación de personajes como Spider-Man, Hulk, Iron Man, los 4 Fantásticos: los superhéroes favoritos de la infancia de muchos de nosotros, mismos que coronan su carrera y que transmiten una enseñanza a la sociedad.

 

Stan Lee: ¿un cameo para la filosofía?

JUAN FERNANDO SÁNCHEZ S.

Para algunos, la extraordinaria despedida de Stanley Martin Lieber, más conocido como Stan Lee, confirma el fracaso de una sociedad entregada al ocio. Pero, no hay que olvidar que las teorías, las ciencias, la filosofía, son hijas del ocio. De hecho, la palabra “escuela” nos llega de un verbo griego que significa ocio, o no trabajar con las manos.

A la verdad se le puede abarcar desde distintas maneras, lo saben todos los filósofos que profundizan en la realidad desde diferentes aspectos. Gracias a la epistemología nos damos cuenta, desde una perspectiva elevada, de la construcción temporal del conocimiento y cómo nos va acercando a la verdad. Esto lo decimos porque todo filósofo ama la verdad, esa es su mayor pasión. La mayor pasión de Stan Lee, escritor de cómics estadounidenses, no era propiamente la verdad, o la filosofía, sin embargo, hay un trasfondo innegable de cuestiones filosóficas en todas y cada una de sus creaciones.

En el lenguaje del cine, se dice que el cameo es la aparición breve de una persona conocida, en un largometraje. Stan Lee realizó muchos cameos en cine y televisión, representándose a sí mismo apareciendo en escenas sin importancia para la trama o entablando un brevísimo diálogo. Los fans de cómics normalmente revisaban un sinnúmero de veces la película, para ver si no se les había escapado el cameo, ya que sólo podría aparecer durante algunos segundos.

De la misma manera que Stan Lee hizo sus famosos cameos en el cine, lo hizo para la filosofía. Los Superhéroes de Stan pueden considerarse mitos, es decir, narraciones o historias ácronas y ficticias, con personajes divinos o heroicos, que reproducen nuestra condición humana en la búsqueda de la verdad. 

Los mitos, por tanto, son parte de la estructura mental del ser humano y se reinventan constantemente, de modo que siempre existirán, hechos a la medida de nuestras angustias e ilusiones. En estos mitos encontramos los “cameos” de Stan Lee en aspectos filosóficos, como en el caso de los “superhéroes”, en el que se encuentra un trasfondo filosófico.  Los superhéroes son la imagen de la mejor parte de nosotros para salvar al mundo. Los “superpoderes” y todo poder conllevan una gran responsabilidad. Una idea recurrente en Stan Lee es que a todos nos gustaría tener superpoderes, ya que a todos nos gustaría hacer más de lo que podemos hacer por rebosar la ausencia de bien en nuestra realidad.

Los Superhéroes de Stan Lee no sólo se identifican en un aspecto con el “Super Hombre” o “Ultra Humano” de Nietzsche, sino con el deseo y esfuerzo apasionado de cada filósofo de buscar la verdad, y no precisamente en nuestra naturaleza humana, porque nuestra condición es frágil, no hay un personaje poderoso sin una vulnerabilidad.

Stanley Martin Lieber fue un escritor creativo, trató de no hacer algo parecido a las historias que había creado, siempre lleno de nuevas ideas, tal vez esa sea el mayor cameo, dentro de la producción filosófica, que breve deja una gran aparición: nunca cansarse de buscar la verdad y representarla sea por mitos, sea por teorías, sea por actitudes que bien nos pueden ayudar a encontrar el sentido de la vida.

 

 

Un filón de esperanza

 JAVIER AURELIO MANCILLA VARELA

 

El ser humano ha tendido por buscar la trascendencia a partir de lo inmediato, de lo que tiene al alcance, para luego elevarse sobre sí, hacia el Universo. Parece ser propio de la humanidad la necesidad por conocer aquellas fuerzas superiores, que le intrigan y por las que se da a la tarea de elaborar infinidad de hipótesis, intentando descubrir el velo de la deidad.

Desde los tiempos remotos, en las culturas se observaron distintas mitologías, que quieren mostrar su panteón de divinidades. Así mismo, parece ser que la reflexión sobre lo divino es un camino en ascenso, que pasó de un chamanismo hacia el politeísmo, para llegar al monoteísmo actual. La comprensión del Ser supremo no ha concluido, aunque existen quienes pregonan la bandera del ateísmo; todavía la mayoría de las personas del mundo creen en lo divino.

En nuestra época actual, vemos como resurge continuamente la necesidad de disertar sobre seres superiores, que, siendo creados dentro de la imaginación de algunos, ayudan a calmar un poco la necesidad humana por lo trascendente. Stanley Martin Lieber, fue una de estas personas que, por medio de las historietas creó infinidad de personajes caracterizados por tener capacidades superiores a las del ser humano normal. Stan Lee, al día de hoy, es recordado por ser autor de grandes personajes, que el público disfrutó en revistas, y que hoy son representados dentro del cine norteamericano con gran éxito.

 Dejando de lado el éxito de creaciones como Spider Man, Hulk,  X-Men o Avengers, entre otros; existe algo más de fondo. Esto es, la necesidad del ser humano por crear y creer en seres superiores o superhéroes. Nuestra sociedad occidental está plagada de mercantilismo, relativismo, individualismo, pragmatismo y un marcado ateísmo práctico, los que en conjunto pregonan una libertad sartreana, donde ya no tienen cabida los valores trascendentales y se puede hacer y pensar lo que se quiera. En esta tierra de nadie, que es la nuestra, donde parece sobrevenir un panorama oscuro sobre nosotros; la esperanza viene desde lugares insospechados, a través de los súper héroes de historieta.

 Sí se analiza cualquier personaje creado por Stan Lee, nos daremos cuenta de que estos seres, a pesar de tener capacidades meta-humanas, también tienen su parte humana: tienen debilidades, que los hacen más cercanos a nosotros y nos hace identificarnos con ellos, nos agradan, gozamos sus victorias y sufrimos sus derrotas.

 

Como los héroes mitológicos de las épocas antiguas, que tuvieron el mismo efecto sobre las personas de las culturas a las que pertenecían: los súper héroes actuales son un filón de esperanza, que nos hacen olvidar un poco el estrés de la vida cotidiana y que nos enseña que el ser humano no ha perdido la necesidad de lo divino, que lo hace buscar la trascendencia en lo inmediato, convirtiéndolo en súper humano, que tarde o temprano lo llevará al Absoluto, a Dios.

 

 

De Persona a Persona

JUAN PABLO ROJAS TEXON

 

León Chestov

 

En una conferencia pronunciada en la Sociedad rusa de religión y filosofía, de París, León Chestov aborda el problema del pecado original. Este problema ha perturbado siempre el pensamiento humano desde tiempos arcaicos y desde entonces los hombres han hecho esfuerzos por comprender su origen. Salvo la concepción que ofrece el Génesis, los pueblos antiguos, orientales y occidentales, consideran que la existencia de las cosas particulares, sobre todo las vivientes, es una audacia impía para la cual la destrucción es el pago justo. Así los griegos, para quienes nacimiento y muerte constituyen el punto de partida de su filosofía.

Los griegos entendieron que el único modo de ir más allá de la fatal necesidad de la muerte era renunciando al ser individual, el cual, habiendo comenzado, estaba forzado irremediablemente a tener un fin. El modo en que ellos renunciaron a la individualidad es muy peculiar: estaban seguros de que la destrucción de todo lo que nace descubre “la verdad anterior al mundo, eterna, inmutable, para siempre insuperable”. Luego, el ser verdadero, real, no debe buscarse entre nosotros, sino allí donde el poder del nacimiento y de la muerte se suspenden. He ahí el origen de la filosofía especulativa.

Por su parte, el libro del Génesis expone que el mundo y el hombre eran perfectos, justo por haber sido creados por Dios; en el universo no existía el mal. No obstante, el hombre se dejó tentar, sus ojos se abrieron y llegó a ser sabio. Entonces el “todo es bueno” divino le pareció injustificado. Tal es la inevitable consecuencia de quien mira el mundo con los ojos abiertos. La pregunta ahora es si existe un vicio en el ser mismo que lo condena de antemano a la destrucción, sea por su individualidad, sea por comer el fruto prohibido.

Según Hegel, “los frutos del árbol prohibido nos han proporcionado lo mejor que puede haber en el mundo: el saber”. Claro que él sólo acepta de la Biblia aquello que puede justificarse ante la conciencia racional; por ende, lo revelado constituye una violación inaceptable. Todo lo real es racional; todo lo racional es real. En efecto, las pretensiones humanas deben detenerse allí donde comienzan los dominios de lo incomprensible; por ejemplo, los milagros.

Kierkegaard, uno de los grandes discípulos de Hegel, considera un embuste la pretensión de su maestro de “sustituir la fe en un Creador viviente y libre, la fe que no tiene miedo a nada, por la sumisión a las verdades inmutables”. Por eso, en vez de apelar a la autoridad de Aristóteles, llamado por Dante “maestro de los que saben”, apela a Abraham, a quien la Escritura llama “el padre de la fe”. Kierkegaard sabe no sólo que nada es imposible para Dios, sino que incluso promete al hombre el poder para disponer de cuanto existe en el mundo si tiene fe (Mt 17, 20). La fe, inaceptable para Hegel, es fuente de lo milagroso; una fe que, sin buscar justificarse en modo alguno, convoca a todo lo que existe en el mundo. La fe está por encima del saber.

Pese a ello, el hombre ha cambiado la fe por el saber; ha cambiado su relación con el Creador, que constituye una promesa de libertad ilimitada y posibilidades infinitas, por la total sumisión a principios eternos, petrificados. Para Kierkegaard no puede haber caída más honda. De ahí que considere que al principio de la filosofía no está la admiración, como sostuvieron los griegos, sino la desesperación. El personaje bíblico que da cuenta de ello es Job. Job nos enseña que quien acepta como verdadero lo que parece evidente –es decir, el que sabe– camina hacia su perdición. En cambio, “el justo vivirá por la fe” (Ga 3, 11), pues “todo lo que no procede de la fe es pecado” (Rm 14, 23). La fe es el único medio de vencer la tentación del “seréis como dioses”. Por eso, Job fue bendecido y todo le fue devuelto por partida doble. Por eso mismo Abraham no perdió a Isaac, sino que lo obtuvo.

Kierkegaard intenta mostrar que el pecado no reside en el ser; no hay en él un vicio preestablecido; el pecado, el vicio, el defecto residen en nuestro saber, en la verdad especulativa, que sólo podrá superarse por la verdad revelada. Al objetivismo de la filosofía especulativa que busca comprender Kierkegaard opone el subjetivismo de la filosofía existencial, cuyo centro gravitatorio es la vida misma, ajena a las pruebas de la razón, pero en completa consonancia con la fe.

Nacido en Kiev (Ucrania), en el seno de una familia judía, León Chestov es considerado el más grande exponente de la filosofía existencialista rusa. Los autores que más influyen en su pensamiento son Kierkegaard y Pascal; ellos lo llevan a confrontar el pensamiento europeo en términos de fe y razón, a saber, la eterna contienda entre Jerusalén y Atenas latente de los primeros siglos de la patrística. Convencido de que el racionalismo es soberbio y, lejos de liberar, mantiene al hombre atado a los límites de este mundo, Chestov asegura de que la fe tiene primacía ante la razón para tratar los problemas humanos trascendentales.

Luego de la revolución rusa, Chestov se exilia en París hasta su muerte, el 19 de noviembre de 1938, a los 72 años. Allí conoce a E. Husserl y M. Heidegger, con quien sostendrá correspondencia; también a K. Jaspers y M. Buber. Más tarde, ejercerá influencia sobre A. Camus y E. Cioran. A lo largo de su vida, Chestov entendió que “la fe es una nueva dimensión del pensamiento, desconocida, extraña a la filosofía especulativa y que nos allana el camino que conduce al Creador de todas las cosas, a la fuente de todas las posibilidades, a Aquel para quien no existen límites entre lo posible y lo imposible”. Hoy la voz de Chestov sigue clamando en el desierto.

 

 

 

 

FRASE DE LA SEMANA: «A todos nos gustaría tener superpoderes, ya que a todos nos gustaría más de lo que podemos hacer» Stan Lee

 

 

 

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