Espiritualismo

E D I T O R I A L

No es lo mismo espiritismo que espiritualismo

El preludio filosófico del siglo XIX se ensaya con los impresionantes descubrimientos de las ciencias naturales que después se formalizaron en un sistema filosófico llamado positivismo. Tanto en su versión radical como moderada, esta doctrina tiene una enseñanza materialista que desestima todo lo relacionado al espíritu y todo lo reduce a la física. Aunque el positivismo como doctrina ha ido en declive, no ha muerto; es común encontrarse con la convicción de que el método científico puede explicarlo todo.

El pensamiento católico tiene una filosofía cristiana, que en su momento respondió a la frialdad del laboratorio positivista con la espiritualidad del alma. Con el espiritualismo como doctrina se le explica a la ciencia positiva que ésta no tiene todas las respuestas, especialmente el criterio de la finalidad de la creación.

Aunque el espiritualismo se gestó en Francia con Maine de Biran, también se desarrolló en otros lugares como Italia, gracias a la conversión al catolicismo de Federico Sciacca. Estos pensadores, entre muchos otros, dan vigencia a la concepción cristiana y dialogan competentemente de ciencia a ciencia, para fundamentar una filosofía que no desprecia la realidad del cuerpo ni considera al espíritu como una manifestación de la materia.

En esta página, Concilio muestra la importancia de la filosofía cristiana para dialogar con cualquier otra doctrina que pretenda denostar la riqueza del espíritu. No hay que confundir el espiritualismo -que implica una larga tradición filosófica de todas las buenas causas –con el espiritismo – que implica santería, hechicería y otras cosas que tanto daño hacen-.


Positivismo y espiritualismo

SERGIO PÉREZ PORTILLA


Aunado al final de la Revolución francesa encontramos el nacimiento de Augusto Comte, ya en los últimos vientos del siglo XVIII. Luego de diez años de lucha termina no solamente una batalla, sino toda una época en la historia de la humanidad, lo cual es remarcable. Pero después de una guerra no siempre llega la calma, aunque sí exista siempre la necesidad de la reconstrucción, y no solamente en el ámbito material, sino en todo sentido: social, político, económico, artístico e intelectual, por dar una idea.


Es en este periodo posrevolucionario –ya del siglo XIX– que Comte establece como eje de la reconstrucción intelectual, y por ende de toda reconstrucción, al conocimiento científico. Desdeñaba las respuestas teológicas o ficticias –teología según la concepción de la época–, las respuestas metafísicas o abstractas –filosóficas, o racionales– y se quedaba con la ciencia o estadio científico o positivo, cuyo punto de apoyo es el hecho concreto y las leyes que coordinan dicho acontecimiento, por medio de la observación, la experimentación y el razonamiento matemático. Surgió así el positivismo, que tenía una rigidez que pecó de estrecha aunque ganó en certeza de lo concreto.


Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con esta propuesta, y como resultado surgió en el siglo XIX el espiritualismo, también llamado antipositivismo, mismo que no intenta ir contra el positivismo así porque sí y ya, sino que en primer lugar no ve la ciencia como única explicación de todo, específicamente del hombre. Decía en 1853 Victor Cousin, que fue quien acuñó el término espiritualismo: “Esta filosofía enseña la espiritualidad del alma, la libertad y la responsabilidad de las acciones humanas, las obligaciones morales, la virtud desinteresada, la dignidad de la justicia, la belleza de la caridad y fuera de los límites de este mundo muestra un Dios, autor y modelo de la humanidad que luego de haberla creado, evidentemente con una excelente finalidad, no la abandonará en el desarrollo misterioso de su destino.”


El positivismo redujo la filosofía a ciencia, a leyes naturales. El espiritualismo buscó rescatar la irreductibilidad del hombre a datos, números, medidas. ¿Cómo puede explicar la ciencia una poesía, la libertad, la conciencia de que yo soy yo, y no soy otro? Esto no se verifica experimentalmente, esto se puede demostrar racionalmente, es decir, dialécticamente, o simplemente se puede hacer constar con el testimonio de cada uno. No se trataba de volver a respuestas míticas, sino de decir que el mismo mito necesita de explicación, y que ésta no siempre es mediante leyes de la naturaleza, pues la naturaleza está acompañada de algo que va más allá de ella, algo que la sostiene y le da sentido y le propone un fin, algo más vivo que mecánico.


ESTO YO NO LO SABÍA…

Espiritualismo

DANIEL BADILLO DEL ÁNGEL

El espiritualismo hace referencia a un sistema en la filosofía que, presupone y argumenta, la esencia espiritual. Nace como refutación al positivismo. El interés de este sistema es conocer la característica y la inmortalidad del alma humana.

En el siglo XIX el desmoronamiento del conocer filosófico estaba en boga, por el pensamiento positivo. Éste exponía que la filosofía no tiene función si prescinde de los conocimientos positivos ofrecidos por la ciencia y los problemas que derivan de tales conocimientos.

Augusto Comte dirá: “Así, el verdadero espíritu positivo consiste, ante todo, en ver para prever, en estudiar lo que es, a fin de concluir de ello lo que será, según el dogma general de la invariabilidad de las leyes naturales”.

Su argumentación espiritualista versa por intereses morales y religiosos. El “Cogito” de Descartes y el pensamiento de Blaise Pascal, recuperan aspectos que fueron olvidados por el positivismo: el concepto y el uso de la conciencia.

… PERO AHORA YA LO SÉ.

DE PERSONA A PERSONA:

De Persona a Persona

JUAN PABLO ROJAS TEXON


Federico Sciacca


El punto de partida del espiritualismo de Federico Sciacca lo establece la ontología, pues la interrogante por el ser es filosóficamente la cuestión primera. Mas resulta que el ser no es, como para los antiguos, una revelación fenoménica ni una intuición de la conciencia, porque no se le investiga desde fuera sino involucrándose en él. Lo esencial no es pensar el ser, sino el pensar del ser. Quien plantea la cuestión del ser hace de sí mismo la cuestión de las cuestiones. Así lo confesó san Agustín: “me convertí en una gran interrogante para mí mismo” (IV 4, 9). Luego, el ser es propio del preguntar que lo expresa.

Sciacca sostiene que si el hombre plantea la cuestión del ser no es precisamente por su capacidad racional o discursiva, pues el ser es prerracional y prediscursivo; el hombre pregunta por el ser porque el ser lo mueve a plantearla. En este sentido, el hombre es una irradiación inagotable de ser debido a que éste constituye su fundamento primero. Por eso, la cuestión del ser no le viene dada desde el exterior, sino que pulsa desde bien adentro de sí, tal cual lo refiere san Agustín: “El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y fuera te estaba buscando… Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo” (X 27, 38).

Aun si se prescinde del testimonio agustiniano, puede notarse detrás de la idea de Sciacca la distinción pascaliana entre el dios de la razón y el dios de la fe, el dios al que hay que ir a buscar a tientas y el dios que viene a nuestro encuentro rebosante de verdad. Si bien las categorías con que Sciacca la expresa son distintas. Para él, el hombre es en relación al ser, en la medida de su referencia al principio, a esa arché tan anhelada por los griegos que resulta ser un correlato de la Arché y, por ende, “una llamada de parte de Dios y un apelar del hombre a Dios”.

Esta Arché es el Absoluto en que se resuelven todos los demás seres. Por su parte, el hombre “lleva dentro de sí la luz del absoluto, como un constitutivo esencial y sustancial, que le permite reconocer al ser donde lo encuentre” (E. Fdez. Sabaté). Pero esta luz, como dice san Agustín, no es una luz vulgar y visible a toda carne, sino una luz muy distinta a todas las luces de este mundo, inmutable, de una potencia tan superior que colma todo el universo con su esplendor (VII 10, 16). Se trata, pues, de un don natural el cual confiere al hombre una espiritualidad que acorta su distancia con el Absoluto, el ser en sí, que es Dios.

Una vez que el hombre, gracias a una intuición fundamental, se reconoce fundado en el ser tiene que acatarlo, reconocerlo en su verdad, y ello implica la fundación del acto moral; en esencia, el cumplimiento del amor al prójimo (Jn 13, 34) y, por ende, del quinto mandamiento: no matarás (Ex 20, 13). El hombre no puede quedarse anclado en el plano de las intuiciones y la conceptualización, porque “conceptualizar es debilitar la existencia y la realidad de la existencia”. Habiendo, por su inteligencia, visto el ser y en el ser a todas las cosas, precisa ir más allá.

Para esto Sciacca propone la “inteligencia de amor”, pues el amor produce lo que la moral exige: una donación al otro y su respectiva aceptación. Porque el amor es creativo, nos permite perfeccionarnos en el otro y al otro perfeccionarse en nosotros, crearnos en él y a él en nosotros, y a mayor perfeccionamiento mayor personalización y, por ende, mayor amor, pues la persona, cuanto más persona, más amada es. En el amor el hombre concreto descubre su vocación de infinito.

Nacido en Giarre (Italia), Michele Federico Sciacca fue un filósofo de tendencia espiritualista cuyo propósito era una filosofía total que quiere ver y expresar el logos, el ser de la realidad, y que por ver y expresar el ser de la realidad, abarca la realidad como un todo. Manuel Casas se refiere a su maestro como un hombre viviente de la condición humana, abierto a los horizontes del ser y del espíritu quien compartía su amor por la vida espiritual y buscaba la trascendencia con ímpetu. Lo consumía una insaciable sed de Dios. Por eso podríamos decir que su corazón, como el de san Agustín, estuvo inquieto hasta el 24 de febrero de 1975 cuando, a la edad de 66 años, descansó en Él.


ANIMA VERBI:

Anima verbi

JUAN PABLO ROJAS TEXON


El “Gólgota” (en arameo, gulgōtâ, ‘calavera’; pasa al griego como Golgothâ, y se define con la expresión: Kraníou Tópos, ‘Lugar del Cráneo’, y más tarde al latín: Calvariae Locus, ‘Lugar del Calvario’) es la colina, en las afueras de la antigua Jerusalén, hacia la que Jesús se dirigió para ser crucificado (Mt 27, 33; Mc 15, 22; Lc 23, 33; Jn 19, 16-17) y sepultado en una cantera adyacente. Recibe este nombre porque en una de sus laderas rocosas se forma la imagen de un “cráneo”. Si se tiene en cuenta que ahí tuvieron sitio la muerte y resurrección de Cristo, esa colina constituye, en sí misma, un testimonio de fe.


FRASE DE LA SEMANA:

«Tanto en el amor de la verdad como en la verdad del amor se hermanan todos los hombres» Federico Sciacca.

Seminario Arquidiocesano de Xalapa

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